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La crisis alimenta el alcoholismo

15.11.2012

HIZKUNTZE ZARANDONA/ elcorreo.com

Consumir alcohol tiene mucho de rito social, una costumbre transmitida durante generaciones. El drama surge con los excesos que llevan a la adicción, a no saber cuándo parar y que derivan en un infierno personal para los afectados y para su entorno más cercano. En un panorama agravado por la crisis, numerosas personas «se refugian en la bebida para ahogar las penas», explican desde las asociaciones que luchan contra la lacra del alcoholismo.

Tenían unas obligaciones que cumplir, una rutina marcada... Y, repentinamente, todo se va al traste. Ahora les toca reinventarse día a día para ocupar su tiempo, aunque no siempre resulta fácil. A pesar de ello, las agrupaciones no han notado un aumento de enfermos que acuden a los centros para pedir ayuda. ¿Por qué? «Los afectados no reaccionan hasta que tocan fondo. Tardan en reconocer su adicción», explica el presidente de la asociación de Alcohólicos rehabilitados de Santutxu.

El perfil de los enfermos está bastante definido: hombres, de entre 30 y 50 años, de todas las clases sociales. «Unos se emborrachan con Don Simón; otros, con Dom Pérignon, pero todos sufren una enfermedad», zanjan en las agrupaciones. Hoy se celebra el Día Mundial Sin Alcohol y el Ayuntamiento de Bilbao celebra una jornada de puertas abiertas (de 10 a 13.30 horas y de 18 a 21) en el centro municipal de distrito de Basurto -calle Zankoeta, número 1- para dar a conocer los testimonios de personas afectadas y el trabajo que realizan las asociaciones.

Historias anónimas

Numerosos rostros anónimos protagonizan estas historias llenas de dolor y rabia, aunque muchas también con un final feliz. Una separación fue el desencadenante en el caso de María. Se alcoholizaba los fines de semana pensando que bebía por soledad, pero, ahora, reconoce que «buscaba esa soledad para beber». Hace diez años que no brinda con champagne ni toma un zurito para desconectar porque esos gestos pueden volver a despertar ese duende que tiene dormido. Suma 50 años y está «muy orgullosa» de haber pisado la sede de Alcohólicos Anónimos, la mano amiga que tiró de ella cuando cayó en un abismo del que «sólo pueden salir los que piden ayuda».

Recuerda como si fuera ayer el primer día que acudió a la asociación. Las personas que formaban el grupo de autoayuda comenzaron a contar su vida sin tapujos. «Cada uno decía una parte de mí y nadie me conocía. Me hizo ver que no estaba bien», confiesa. Allí fue la primera vez que admitió que tenía miedo. «Nunca antes lo había reconocido. Siempre había aparentado que podía con todo y no era cierto», relata María.

Llegó a su casa y tiró todas las botellas. Vacías y llenas. Solo entonces pudo mirar a la cara a su hija y salir a la calle con la cabeza alta. Pero eso pertenece ya a su pasado. «Quiero contar mi presente. Ahora vivo y lo hago con mayúsculas. Me he quitado la pesada mochila llena de culpabilidad, de rabia, de dolor. Por fin afronto mis problemas, los asumo y si tengo que pedir ayuda, la pido», explica.

El pilar de la familia

La familia es un pilar fundamental para los alcohólicos. Miren -mujer de un enfermo- pide a los parientes que se involucren. Recomienda recurrir a Al-Anon (94 424 24 98), una comunidad que busca transmitir serenidad, ayuda y esperanza a los allegados de los bebedores, sin compromisos. Recuerda con cierta nostalgia un día cuando su hijo, después de llegar del colegio, le preguntó: «Ama, ¿por qué tú no sonríes como las otras amatxus de la ikastola?». Aquella frase le marcó. Se dio cuenta de que no podía seguir así porque no era feliz.

Todo el día de mal humor, un único pensamiento en mente: cuándo llegaría a casa su marido y en qué condiciones. Decidió pedir ayuda y hoy cree que es lo mejor que pudo hacer, a pesar de que la primera vez que acudió a una reunión se preguntó: «¿qué pinto yo aquí?». «La gente se reía y yo no lo entendía. Si estos supieran lo que yo tengo en casa no estarían tan felices...», pensaba. Pero todos tenían historias parecidas. «Al final aprendes a reírte y a serenarte. A hablar y a callar. Y la otra persona llega a entender que una vida sin alcohol, es una vida».